Autotransformación

Autotransformación

Bhikkhu Bodhi

Traducción española por Arturo Pozo

Quizás sea sintomático a la naturaleza “engañada” de la condición humana ordinaria que pocos de nosotros pasemos toda la vida confortablemente reconciliados con nuestra propia naturaleza. Aun en medio de la prosperidad y el éxito, notas discordantes de descontento complican nuestros días y sueños perturbadores espantan nuestro dormir. Mientras que nuestros ojos permanecen cubiertos por el polvo tendemos a localizar la causa de nuestro descontento fuera de nosotros mismos –en la esposa, el vecino o el trabajo, en el implacable destino o en la mala suerte. Pero cuando el polvo cae y nuestros ojos se abren, vemos que la causa real está dentro de nosotros.

Al descubrir cuan profundamente la causa de nuestra infelicidad está registrada en la mente, nos percatamos de que los cambios cosmetológicos nunca llegarán a ser lo suficiente, vemos que se requiere una transformación interna fundamental. Este deseo por una personalidad transformada, por la emergencia de un nuevo hombre venido de las cenizas de lo viejo, es uno de los atractivos perennes del corazón humano. Desde tiempos antiguos ésta ha sido una potente fuente de búsqueda espiritual y aún en la cultura secular de la afirmación del “yo” en nuestra propia época cosmopolita, este anhelo no ha desaparecido totalmente.

Cuando conceptos tales como redención, salvación y liberación ya no caracterizan la transformación buscada, el deseo por una reestructuración radical de la personalidad persiste tan fuerte como siempre, apareciendo en formas que son compatibles con el punto de vista secular del mundo. Donde previamente este deseo buscaba realizarse en el templo, el ashram y el monasterio, ahora se recurre a nuevas instancias: la oficina del sicoanalista, el taller de fin de semana, la panoplia de abundantes terapias y cultos. Sin embargo, a pesar del cambio de escenario y encuadre conceptual, el patrón básico permanece igual. Disgustados con los baches de nuestros arraigados hábitos, deseamos intercambiar todo aquello que es denso y constrictivo en nuestras personalidades por un modo de vida nuevo, más liviano y liberador.

La auto-transformación es también un objetivo fundamental de las enseñanzas de Buddha, una parte esencial de su programa de liberación del sufrimiento. El Dhamma nunca fue dirigido a aquellos que eran santos perfectos. Está dirigido a seres humanos falibles cargados con todos los defectos típicos de la naturaleza humana no pulida: conducta veleidosa e impulsiva, mentes teñidas por la codicia, enojo y egoísmo, puntos de vista distorsionados y hábitos que conducen al daño de uno mismo y de otros. El propósito de la enseñanza es transformar a esas personas – a nosotros mismos – en personas logradas: en aquellos cuya acción es pura, cuyas mentes están tranquilas y serenas, cuya sabiduría ha penetrado las verdades más profundas y cuya conducta está siempre señalada por un compasivo interés por otros y por el bienestar del mundo.

Entre estos dos polos de la enseñanza –la defectuosa y anudada personalidad que traemos con nosotros como materia prima al entrenamiento, y la personalidad completamente liberada que surge al final – ahí hay un proceso gradual de auto-transformación dirigida por unas pautas muy específicas. Esta transformación es efectuada por los dos aspectos del camino: abandono (pahana), la eliminación de la mente de todo lo que es dañino y malsano y el desarrollo (bhavana) del cultivo de las cualidades que son sanas, puras y purificadoras.

Lo que distingue al programa de Buddha para la auto-transformación, de la multitud de otros sistemas que proponen una meta similar, es la contribución hecha por otro principio con el cual está invariablemente ligado. Éste es el principio de la auto-trascendencia, el intento de renunciar a todos los intentos para establecer un sentido de sólida identidad personal. En el entrenamiento buddhista el objetivo de transformar la personalidad debe ser complementado por un esfuerzo paralelo de vencer toda identificación con los elementos que constituyen nuestro ser fenomenológico. La enseñanza de anata (del no-yo) no es tanto una tesis filosófica que busca una aprobación intelectual, sino es como una prescripción para la auto-trascendencia. Ésta sostiene que nuestro intento continuo de establecer un sentido de identidad al tomar nuestra personalidad como “yo” y “mío”, es en realidad un proyecto nacido de nuestro aferramiento, y que al mismo tiempo es la raíz de nuestro sufrimiento. Por lo tanto, si buscamos ser libres de nuestro sufrimiento, no podemos quedarnos con una meta final de transformar la personalidad a una forma sublime y elevada. Lo que es necesario más bien, es la transformación que trae la eliminación del aferramiento y, con él, la eliminación de todas las tendencias de autoafirmación.

Es importante destacar el aspecto trascendente del Dhamma debido a que en nuestra época, cuando los valores seculares “inmanentes” ascienden, la tentación de no ver este aspecto es fuerte. Si suponemos que la valía de una práctica consiste solamente en su habilidad para producir resultados concretos mundanos, podemos inclinarnos a ver el Dhamma simplemente como un medio de refinar y curar la personalidad dividida, conduciéndonos al final a la reafirmación de nuestros seres mundanos y a nuestra situación en el mundo. Tal práctica, sin embargo, ignoraría la insistencia del Buddha de que todos los elementos de nuestra existencia personal son impermanentes, insatisfactorios y no son un “yo”, y su consejo de que deberíamos aprender a distanciarnos de tales cosas para por último descartarlas.

En la práctica correcta del Dhamma, ambos principios, tanto el de auto-transformación como el de auto-trascendencia, son igualmente cruciales. El solo principio de auto-transformación es ciego, que puede conducir, en el mejor de los casos, a una personalidad más ennoblecida pero no liberada. El solo principio de auto-trascendencia es estéril, conduciendo a un retiro fríamente ascético desprovisto del potencial para iluminarse. Es solamente cuando éstos dos principios complementarios trabajan en armonía, fundidos y equilibrados en el curso del entrenamiento, que ellos pueden puentear la brecha entre lo real y lo ideal y traer una fructífera conclusión en la búsqueda de la cesación del sufrimiento.

De los dos principios, el de la auto-trascendencia reclama primacía tanto al comienzo como al final del camino, porque este principio da dirección al proceso de auto-transformación, revelando el objetivo hacia el cual una transformación de la personalidad debería ir y la naturaleza de los cambios requeridos para traer el objetivo dentro de nuestro alcance. Sin embargo, el camino buddhista no es una ascensión para ser escalada con picos, cuerdas y zapatos con clavos, sino un entrenamiento paso a paso el cual se va desplegando en una progresión natural. Así, el abrupto reto de la auto-trascendencia, la renuncia a todas las formas de apego, es encontrado y dominado por el proceso gradual de la auto-transformación. A través de la disciplina moral, la purificación mental y el desarrollo de la sabiduría penetrante avanzamos por etapas desde nuestra condición original de esclavitud al dominio de la libertad sin trabas.